Saltar al contenido

Comparanza de experiencias musicales

noviembre 14, 2018

L. van Beethoven

Quienes carecimos de talento u oportunidad para desenvolver aptitudes melódicas quizás ínsitas en todo ser  humano, solemos relacionarnos con la música en sus planos más elementales de ritmo y sonido. Experiencia que basta para memorizarla e imitarla con movimientos (danza, marcha) y con el canto o el simple tarareo. Cuando la escuchamos en elaboradas composiciones vocales e instrumentales, a menudo ejecutadas por bandas, coros, orquestas y otros agrupamientos de intérpretes o artefactos sonoros, llegamos a diferenciar sus cualidades y evaluarlas según la novedad o conformidad con añejos gustos. Si la música atonal ingresa en nuestro interés, nos permitimos gozarla. Somos libres de aceptar o no como “música” un concierto construido con cien metrónomos instalados sobre las gradas o tablones de un estadio.

Ese “conocimiento empírico” del arte inventado por Apolo y auspiciado en sus variantes por  al menos cuatro de las nueve Musas, suele bastarnos en la apreciación laica (o lega) de toda creación musical a la que asistamos como oyentes y aun improvisados participantes. Tan elemental nivel parece sernos suficiente para juzgar acerca de su calidad recomendable, con el consiguiente riesgo de exhibir  la propia ignorancia y suscitar controversias. Tenemos por superior árbitro el placer que lo oído o escuchado nos proporciona, sin los medios argumentales que fundamenten nuestro juicio, y pasamos a atender la siguiente preocupación cotidiana. Nos faltan el incentivo y la ocasión de cimentar o derribar el inicial veredicto.

Sin embargo, uno de los medios poco onerosos de compartir el disfrute musical a  escala íntima o en connivencia con amigos sería utilizar el método comparativo para afinar la sensibilidad y la apreciación de los matices, los sonidos de los diversos instrumentos, los estilos de ejecución y de conducción musical. Para ese menester, la denostada reproducción electrónica de piezas musicales viene a auxiliarnos. Podemos escuchar una misma composición con diferentes intérpretes, a variados tonos, ritmos y claves, en múltiples escenarios y épocas. Escucharlos, fragmentar su duración y tiempo, reordenar las correlativas vivencias en la mente y cotejarlas con otros oyentes. Detallar las respectivas críticas en torno de lo oído y del método empleado: comparar para descubrir relaciones o estimar diferencias o semejanzas.

Propongo comenzar esa experiencia con piezas muy conocidas, esas que evitamos escuchar más a menudo a causa del temor de criar un callo en el oído. Acabo de iniciarla con el Concierto para piano y orquesta n° 3 en do menorOp. 37, de Ludwig van Beethoven. Nada sabía sobre esta composición, salvo que su música me subyuga. Los comentarios que aquí la acompañan son copias de internet, e innecesarios para el renovado disfrute. YouTube y Vimeo ofrecen más versiones de esta misma pieza musical.

video https://www.youtube.com/watch?v=R1QNhRNxvTI  Bernstein – Zimerman

Barenboim https://www.youtube.com/watch?v=8m0JMErygG0&t=154s

Ott https://www.youtube.com/watch?v=PM0HqmptYlY&t=421s Orq. Radio France

El Concierto para piano y orquesta n° 3 en do menorOp. 37, de Ludwig van Beethoven (1770-1827) fue compuesto entre 1800 y 1803, y estrenado en Viena el 5 de abril de 1803 con el compositor como solista. El concierto está dedicado al príncipe Louis Ferdinand von Preußen (1772-1806).
El Concierto para piano No. 3 de Beethoven se estrenó en Viena el 5 de abril de 1803, el mismo día que el oratorio de Cristo en el Monte de los Olivos y la Segunda Sinfonía. Escrito en do menor, un tono querido por su compositor, se divide en tres movimientos. El Allegro con brío se abre en una larga página orquestal con la exposición de los dos temas principales, que luego aborda el pianista. Durante el desarrollo, se establece un diálogo entre solista y orquesta. El movimiento termina con una cadencia en el piano, inspirada en el primer tema.
En el corazón del Largo, los arpegios del piano apoyan la canción entonada conjuntamente por la flauta y el fagot, imbuidos de serenidad. Finalmente, en el Rondó, orquesta y solista conversan con vigor. Ciertamente el primer concierto “grande” de Beethoven, que marca un progreso notable en el equilibrio entre solista y orquesta,  equiparados como verdaderos iguales.
El 3er Concierto para piano de Beethoven es el único concierto para piano del compositor en  clave de Do menor. Se considera su primer concierto para piano con características sinfónicas, que habría de ayudar al género del concierto para piano a dar el salto desde el salón hasta la sala de conciertos. Los avances en la construcción del piano favorecieron este desarrollo. Como ejemplo, El Concierto para Do menor de Beethoven y el KV 491 de Mozart tienen en común un acorde quebrado en las cuerdas como motivo principal, un timbal en la puntuación de cadenza, así como entre cadenza y el acto de cierre una versión de la coda a cargo del piano

Con la considerable producción de 27 conciertos para piano,  Mozart contribuyó, indudablemente, a que el concierto para piano y orquesta del siglo XIX  se convirtiera en una forma muy extendida en la práctica musical vienesa.

La figura del “intérprete”
Los cambios que experimentará el concierto en el siglo XIX obedecen a la naciente valoración de “lo artístico”, al descubrimiento del individuo de la mano del romanticismo, y con ello el surgimiento de la figura del “intérprete”, quienes toman conciencia de sí como seres excepcionales, capaces de realizar proezas técnicas que asombran a una audiencia atónita ante la perfección de ejecuciones cada vez más difíciles, inalcanzables para el resto de los mortales. Lo que supone, de pasada, el fin del autor-intérprete, tan a la mano en el siglo anterior. Este proceso, gradual como todos los procesos, tuvo su inicio en los primeros años del siglo y su primer impulsor fue, sin lugar a dudas, Ludwig van Beethoven.

De los cinco conciertos para piano, los dos primeros (donde el que lleva el número dos es cronológicamente el primero) son de transición entre un mundo que va quedando atrás y el nuevo que llega de la mano de la revolución francesa. Claramente no responden al estilo mozartiano, revelando una actitud más ambiciosa que cualquiera de los de Mozart, si bien son todavía reducidos en su concepción.

El verdadero cambio de estilo llegará con el concierto N° 3 en do menor, opus 37, terminado en 1800, estrenado en abril de 1803 y publicado en 1804. La música ha dejado de ser fresca y ligera para adquirir rasgos épicos y turbulentos, mostrando el sello de una segunda etapa en la vida del maestro, pues la sordera ha comenzado definitivamente. En el otoño de 1802 Ludwig confesará su dolor en el testamento de Heiligenstadt (que solo se conocerá después de su muerte, veinticinco años más tarde), donde se lamenta amargamente de que le haya tocado precisamente a él, un músico, perder el sentido de la audición.
El concierto N° 3 es el único escrito en modo menor y refleja una clara evolución en su literatura pianística. No por nada, a esta altura Beethoven ha compuesto dieciocho de sus 32 sonatas para piano. (fuente ttps://labellezadeescuchar.blogspot.com/2013/07/beethoven-concierto-para-piano-n-3.html ).

-o-o-

Escribe Ramón Avello en https://www.facebook.com/notes/ospa-orquesta-sinf%C3%B3nica-del-principado-de-asturias/notas-al-programa-beethoven-concierto-para-piano-y-orquesta-n%C2%BA-3/1496308283742485 :

El Concierto para piano nº 3 en do menor es una obra bifronte. Respecto a la evolución estilística de Beethoven, nos presenta dos caras. Una de ellas mira hacia el Mozart dramático de los conciertos para piano nº 20 (K 486) y, especialmente, el nº 24, (K 491), hasta el punto que se puede hablar de un homenaje al compositor salzburgués en esta obra. La otra, anticipa el concierto de piano romántico, centrado en el equilibrio de dos fuerzas sonoras, la orquesta y el solista, tratadas como iguales, al mismo tiempo que se adentra en la concepción beethoveniana de la música como expresión de sentimientos. La tonalidad de do menor, común al Concierto nº 24, K. 491 de Mozart, la encontramos en varias obras de Beethoven, generalmente asociadas al sentimiento de la pasión conmovedora –por ejemplo la Sonata en do menor, nº 8, “Patética”–, la muerte –“Marcha fúnebre” de la Tercera Sinfonía, “Heroica”, y la idea del destino, como en Coriolano o la Quinta Sinfonía.

La creación del Concierto nº 3 fue lenta y laboriosa. Los primeros bocetos y referencias al concierto datan de 1800, sin embargo, la mayor parte se escribió, paralelamente a la Segunda Sinfonía, a lo largo de 1802. Ferdinand Ries, discípulo de Beethoven, cuenta que cuando se estrenó el concierto en 1803, con Beethoven al piano, había páginas de la partitura solista que no estaban todavía pasadas al pentagrama en su versión definitiva, lo que nos da una idea de los retoques incesantes a los que Beethoven sometió la partitura. La época de la composición coincide en su mayor parte con el año de 1802, en el que se manifestaron los inicios de su sordera y la consiguiente angustia y retraimiento del compositor. Pese a ello, no estamos ante un concierto de sentimientos desoladores, sino una música vigorosa en el primer movimiento, ensoñadora en el segundo, abiertamente alegre en el final. La partitura está dedicada al príncipe Luis Fernando de Prusia, uno de los nobles melómanos amigos y protectores de Beethoven.

Las referencias al Concierto nº 24 en do menor, de Mozart figuran sobre todo en el Allegro con brio con el que se inicia el concierto. Los primeros movimientos de ambas obras siguen la forma de sonata, con una doble exposición de los dos temas. El primero, en do menor, algo marcial y solemne, iniciado por la melodía en octavas en la cuerda; el segundo, en mi bemol mayor, presentado por los clarinetes, de carácter cantabile. Tras la primera exposición de la orquesta, el piano glosa y adorna el tema con breves filigranas y pequeñas modificaciones. Esa libertad del solista se acrecienta en el desarrollo, con modulaciones, adornos, trinos, diálogos compartidos e imitaciones con la orquesta. La cadencia, se sitúa después de la reexposición, al final del movimiento, y es una fluida fantasía arpegiada sobre los dos temas de la exposición. Con la vuelta al tema inicial, subrayado por los timbales, termina un primer movimiento de una longitud inusitada para la época.

La mayor originalidad del concierto está en el segundo movimiento, el Largo, sorprendente por su tonalidad de Mi mayor, y por su carácter poético y ensoñador. Los acordes del piano enuncian una melodía estática de carácter hímnico. Melodía que irá declamando y variando de diferentes formas como canto en terceras o acompañamiento de acordes arpegiados mientras el canto va pasando de la flauta al fagot, y que se percibe cada vez más íntima e interiorizada. La breve cadencia omite todo virtuosismo para centrarse en ese carácter ensoñador.

El tercer movimiento, Rondó (Allegro), se introduce con un motivo alegre y de carácter popular en compás de 2/4, que nos recuerda al espíritu de los scherzos beethovenianos. Frente al tema del rondó, se intercalan diversos episodios intermedios, algunos muy originales como el pasaje en el que la melodía secundaria la interpretan alternativamente el clarinete y el fagot, acompañados por el piano, o el episodio fugado sobre el motivo del rondó. Al final, tras una breve cadencia pianística, el concierto termina en un triunfal do mayor.

-o-o-

Escuchemos, confrontemos fragmentos y comentarios oídos o leídos, luego expresemos sin rubor nuestras profanas predilecciones.- ch



 

Anuncios

From → Uncategorized

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: