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Gaius Plinius Secundus – atraído por el Volcán

julio 10, 2014

Plinio erupción 1822

Video : Roma, años de cataclismos https://www.youtube.com/watch?v=vSlJYkiBGCY

Ya es un lugar común en estas evocaciones el apego que nuestra profesora de Historia Antigua (Grecia y Roma),  Lucinda Centenaro, había llegado a inculcarnos hacia los relatos épicos de lejanos tiempos. Alfredo Blankenhagen y kalais, a los 14 de nuestra edad, imaginábamos a las compañeritas del colegio como heroínas y diosas que – con ligeros atuendos – compartiesen nuestras hazañas o derrotas a tenor del libreto prefigurado por Ilíadas u Odiseas. Fantasía que era realimentada por la adquisición a bajo precio (editoriales Sopena y Tor mediante) de esos y otros títulos, en traducciones cuya sospechable calidad no nos incumbía por entonces criticar.

Pasada la etapa de Julio Verne y los comics, y aún no llegada la de Alejandro Dumas o Walter Scott, era ya una proeza mental e intelectual escandir con trabajosa lectura las “interminables y sublimes” ristras de endecasílabos españoles (con sus notas aclaratorias) de José Gómez Hermosilla (1771-1837) en el ejemplar de La Ilíada que por milagro conservo: Ed. Sopena Argentina, Bs. Aires 1944, trescientas dieciocho páginas de letra menudita.

A medida que avanzábamos en los cursos de “secundaria” se adensaban los contenidos de manuales y lecciones. Álgebra, geometría, física, cosmografía, lógica y gnoseología traían nuevos nombres por aprender, aunque reaparecían los de la Antigüedad clásica: aquellos que no se veían constreñidos a escindir las motivaciones del conocimiento (admiración, curiosidad) de las condiciones y los métodos del mismo. Fue lamentable que la enseñanza del latín desapareciese de los programas. Ello contribuyó a desarticular el uso de nuestro castellano y postergó sine die el encuentro con Virgilio, uno de los “padres de la cultura occidental”. Cronistas e historiadores griegos y romanos quedaban a su vez desacreditados ante la petulancia investigativa y especulativa de los epígonos de Hegel y Ranke.

Ovidio seducía  aún con su “Ars amandi” y sus “Metamorfosis”. Herodoto se había esfumado de nuestro precario horizonte, mientras que Salustio, Tito Livio y Tácito nunca habían amanecido allí. Menos aun era esperable que nuestros enciclopédicos curricula de enseñanza y estudio acogiesen en sus recargadas fojas siquiera la mención de los Plinios (tío y sobrino), que en la Roma del siglo Uno d.C. ilustraron con renombre de eruditos la esperanzada era del Imperio.

Siglos después, entre 1750 y 1765, las ruinas de Herculaneum (hoy Ercolano) fueron excavadas por Karl Jakob Weber. Cuando las obras alcanzaron cierta “villa” (casa de descanso de gente acomodada), Weber encontró una enorme sala con estanterías de madera que contenía un total de 1785 rollos de papiro, de donde le viene el nombre de Villa dei Papiri al edificio. Entre ellos se encontraron las dos epistulae referidas a Plinio el Viejo, enviadas por su sobrino al historiador Tácito.

Plinii Naturalis Historiae     Plinio  Vesuvio

 

Gaius Plinius Secundus, conocido como Plinio el Viejo, fue un escritor latinocientíficonaturalista y militar romano. Nació en Comum (la actual Como, en Italia) en el año 23 y murió en Stabia (hoy Castellammare di Stabia) el 25 de agosto del año 79. En el año 47 participó, a las órdenes de Corbulón, en la campaña militar contra los germanos, donde tomó parte en la construcción de un canal entre el Rin y el Mosa.Casi llegó a terminar su gran obra Naturalis Historia, una enciclopedia en la que Plinio reúne una gran parte del saber de su época. Este trabajo había sido planificado bajo la dirección de Nerón. Las informaciones que recoge llegan a ocupar no menos de 160 volúmenes, cuando Larcio Licino, el legado pretor de la Hispania Tarraconense, intenta en vano comprarlos por un altísimo valor. Dedicó esta obra a Tito Flavio Vespasiano en el año 77. Poco después Vespasiano le nombra prefecto de la flota romana en Misenum . El 24 de agosto de 79, cuando se produce la erupción del Vesuvio que sepultó a Pompeya y Herculaneum, se encontraba en Miseno. Queriendo observar el fenómeno más de cerca y deseando socorrer a algunos de sus amigos que se encontraban en dificultades sobre las playas de la bahía de Nápoles, atravesó con sus galeras la bahía llegando hasta Stabia (actual Castellammare di Stabia), donde murió, posiblemente asfixiado, a la edad de 56 años. La erupción fue descrita por su sobrino Plinio el Joven. De ahí que en vulcanología se haya denominado «erupción pliniana» a la erupción violenta de un volcán con proyección en altura de materiales pulverizados formando un penacho con figura de sombrilla. El relato de sus últimas horas es contado en una interesante carta que su sobrino y heredero, Plinio el Joven, dirige, 27 años después de los hechos, a Tácito (Cartas: Gayo Plinio a Cornelio Tácito, VI). 

 

Un aristócrata inglés del siglo XIX, Edward Bulwer-Lytton, se encargó de novelar para nuestra avidez lectora la destrucción de Herculaneum y Pompeii a raíz del implacable vómito del Mons Vesuvius.

No sólo el destino de las vidas, casas y templos de ambas ciudades, las riquezas y obras de arte ahí acumuladas, los campos y cabañas de la amplia zona alcanzada por la erupción merecen el relato documental o fantaseado de aquel suceso. Reconstrucciones imaginativas del mismo en folletines y filmes, con reiterados y no siempre logrados intentos, dan cuenta también de dramas personales vinculados a esa catástrofe. Pocos habrá tan cercanos a los hechos, si bien relatados años después de ocurridos, como el referido a la muerte de Gaius Plinius Secundus (años 24 a 79 de la era cristiana). Su sobrino Gaius Plinius Caecilius Secundus (61 a 112 d.C.) dejó noticia detallada de la obra literaria y científica de su tío en dos epístolas o cartas dirigidas al eminente historiador Tácito (Publius Cornelius Tacitus, 55 a 120 d.C.), quien incluyó dicha información en sus propias Historiae.

Una de esas epístolas narra las circunstancias donde pereció Plinio el Mayor como consecuencia de la erupción del Vesuvio [sic] en agosto del año 79. Algo abreviada la reproducimos a continuación.

    “[…] Erat Miseni classemque imperio praesens regebat. Nonum Kal. Septembres hora fere septima mater mea indicat ei apparere nubem inusitata et magnitudine et specie. (5) Usus ille sole, mox frigida, gustaverat iacens studebatque; poscit soleas, ascendit locum ex quo maxime miraculum illud conspici poterat. Nubes – incertum procul intuentibus ex quo monte; Vesuvium fuisse postea cognitum est – oriebatur, cuius similitudinem et formam non alia magis arbor quam pinus expresserit. (6) Nam longissimo velut trunco elata in altum quibusdam ramis diffundebatur, credo quia recenti spiritu evecta, dein senescente eo destituta aut etiam pondere suo victa in latitudinem vanescebat, candida interdum, interdum sordida et maculosa prout terram cineremve sustulerat. (7) Magnum propiusque noscendum ut eruditissimo viro visum. Iubet liburnicam aptari; mihi si venire una vellem facit copiam; respondi studere me malle, et forte ipse quod scriberem dederat. (8) Egrediebatur domo; accipit codicillos Rectinae Tasci imminenti periculo exterritae – nam villa eius subiacebat, nec ulla nisi navibus fuga -: ut se tanto discrimini eriperet orabat. (9) Vertit ille consilium et quod studioso animo incohaverat obit maximo. Deducit quadriremes, ascendit ipse non Rectinae modo sed multis – erat enim frequens amoenitas orae – laturus auxilium. (10) Properat illuc unde alii fugiunt, rectumque cursum recta gubernacula in periculum tenet adeo solutus metu, ut omnes illius mali motus omnes figuras ut deprenderat oculis dictaret enotaretque.

(11) Iam navibus cinis incidebat, quo propius accederent, calidior et densior; iam pumices etiam nigrique et ambusti et fracti igne lapides; iam vadum subitum ruinaque montis litora obstantia. Cunctatus paulum an retro flecteret, mox gubernatori ut ita faceret monenti ‘Fortes’ inquit ‘fortuna iuvat: Pomponianum pete.’ (12) Stabiis erat diremptus sinu medio – nam sensim circumactis curvatisque litoribus mare infunditur -; ibi quamquam nondum periculo appropinquante, conspicuo tamen et cum cresceret proximo, sarcinas contulerat in naves, certus fugae si contrarius ventus resedisset. Quo tunc avunculus meus secundissimo invectus, complectitur trepidantem consolatur hortatur, utque timorem eius sua securitate leniret, deferri in balineum iubet; lotus accubat cenat, aut hilaris aut – quod aeque magnum – similis hilari. (13) Interim e Vesuvio monte pluribus locis latissimae flammae altaque incendia relucebant, quorum fulgor et claritas tenebris noctis excitabatur. Ille agrestium trepidatione ignes relictos desertasque villas per solitudinem ardere in remedium formidinis dictitabat. Tum se quieti dedit et quievit verissimo quidem somno; nam meatus animae, qui illi propter amplitudinem corporis gravior et sonantior erat, ab iis qui limini obversabantur audiebatur. (14) Sed area ex qua diaeta adibatur ita iam cinere mixtisque pumicibus oppleta surrexerat, ut si longior in cubiculo mora, exitus negaretur. Excitatus procedit, seque Pomponiano ceterisque qui pervigilaverant reddit. (15) In commune consultant, intra tecta subsistant an in aperto vagentur. Nam crebris vastisque tremoribus tecta nutabant, et quasi emota sedibus suis nunc huc nunc illuc abire aut referri videbantur. (16) Sub dio rursus quamquam levium exesorumque pumicum casus metuebatur, quod tamen periculorum collatio elegit; et apud illum quidem ratio rationem, apud alios timorem timor vicit. Cervicalia capitibus imposita linteis constringunt; id munimentum adversus incidentia fuit. (17) Iam dies alibi, illic nox omnibus noctibus nigrior densiorque; quam tamen faces multae variaque lumina solvebant. Placuit egredi in litus, et ex proximo adspicere, ecquid iam mare admitteret; quod adhuc vastum et adversum permanebat. (18) Ibi super abiectum linteum recubans semel atque iterum frigidam aquam poposcit hausitque. Deinde flammae flammarumque praenuntius odor sulpuris alios in fugam vertunt, excitant illum. (19) Innitens servolis duobus assurrexit et statim concidit, ut ego colligo, crassiore caligine spiritu obstructo, clausoque stomacho qui illi natura invalidus et angustus et frequenter aestuans erat. (20) Ubi dies redditus – is ab eo quem novissime viderat tertius -, corpus inventum integrum illaesum opertumque ut fuerat indutus: habitus corporis quiescenti quam defuncto similior.

(21) Interim Miseni ego et mater – sed nihil ad historiam, nec tu aliud quam de exitu eius scire voluisti. Finem ergo faciam. (22) Unum adiciam, omnia me quibus interfueram quaeque statim, cum maxime vera memorantur, audieram, persecutum. Tu potissima excerpes; aliud est enim epistulam aliud historiam, aliud amico aliud omnibus scribere. Vale” 

Plinio fresco pompeyano antes del 79 Plinio mapa Mt_Vesuvius_79_AD_eruption OK

Hasta aquí la epístola de Plinio el Joven. En traducción castellana facilitada por Dinora http://dinora94.blogspot.com.ar/2013/11/plinio-el-joven-cartas.html  la entendemos así:

 

C. PLINIO a su querido Tácito, salud

    “Pides que te escriba la muerte de mi tío para poder transmitirla a la posteridad con más certitud. Te doy las gracias, pues veo que a su muerte, si es recordada por ti, se le ha tributado una gloria inmortal.En efecto, aunque murió en la destrucción de unas hermosísimas tierras, destinado en cierto modo a vivir siempre, como corresponde a los pueblos y ciudades de memorable suerte, aunque él mismo redactó obras numerosas y duraderas, sin embargo la inmortalidad de tus escritos incrementará mucho su permanencia.

 En verdad considero dichosos a quienes les ha sido dado por obsequio de los dioses o hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos a quienes se les ha dado ambas cosas. En el número de éstos estará mi tío, tanto por sus libros como por los tuyos. Por eso con mucho gusto asumo, incluso reivindico, lo que propones.

 

Estaba en Miseno y presidía el mando de la flota. El día 24 de agosto en torno a las 13 horas mi madre le indica que se divisa una nube de un tamaño y una forma inusual.

Él, tras haber disfrutado del sol, y luego de un baño frío, había tomado un bocado tumbado y ahora trabajaba; pide las sandalias, sube a un lugar desde el que podía contemplar mejor aquel fenómeno. Una nube (no estaba claro de qué monte venía según se la veía de lejos; sólo luego se supo que había sido del Vesuvio) estaba surgiendo. No se parecía por su forma a ningún otro árbol que no fuera un pino.

 

Pues extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas, según creo, porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir éste luego, se disipaba a todo lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza.

 

Le pareció que debía ser examinado en mayor medida y más cerca, como corresponde a un hombre muy erudito. Ordena que se prepare una libúrnica [1]: me da la posibilidad de acompañarle, si quería; le respondí que yo prefería estudiar, y casualmente él mismo me había puesto algo para escribir.

 

Salía de casa; recibe un mensaje de Rectina, la esposa de Tasco, asustada por el amenazante peligro ( su villa estaba bajo el Vesubio, y no había salida alguna excepto por barcos): rogaba que la salvara de tan gran apuro.

 

Cambia de plan y lo que había empezado con ánimo científico lo afronta con el mayor empeño. Sacó unas barcas con cuatro filas de remos y embarcó dispuesto a ayudar no sólo a Rectina, sino también a muchos (pues lo agradable de la costa la había llenado de bañistas; “erat enim frequens amoenitas orae” ).

 

Se apresura a dirigirse a la parte de donde los demás huyen y mantiene el rumbo fijo y el timón hacia el peligro, estando sólo él libre de temor, de forma que fue dictando a su secretario y tomando notas de todas las características de aquel acontecimiento y todas sus formas según las había visto por sus propios ojos.

 

Ya caía ceniza en las naves, cuanto más se acercaban, más caliente y más densa; ya hasta piedras pómez y negras, quemadas y rotas por el fuego; ya un repentino bajo fondo y la playa inaccesible por el desplome del monte. Habiendo vacilado un poco sobre si debía girar hacia atrás, luego al piloto, que advertía que se hiciera así, le dice: “La fortuna ayuda a los valerosos: dirígete a casa de Pomponiano.”

 

Se encontraba en Stabias apartado del centro del golfo (pues poco a poco el mar se adentra en la costa curvada y redondeada).  Allí aunque el peligro no era próximo pero sí evidente y al arreciar la erupción muy cercana, había llevado equipajes a las naves, seguro de escapar si se aplacaba el viento que venía de frente y por el que era llevado de forma favorable mi tío. Él abraza, consuela y anima al asustado Pomponio. y para mitigar con su seguridad el temor de aquél, le ordena proporcionarle un baño; después del aseo, se reclina junto a la mesa, cena realmente alegre o (lo que es igualmente grande) simulando estar alegre.

 

Entre tanto desde el monte Vesuvio por muchos lugares resplandecían llamaradas anchísimas y elevadas deflagraciones, cuyo resplandor y luminosidad se acentuaba por las tinieblas de la noche. Mi tío, para remedio del miedo, insistía en decir que debido a la agitación de los campesinos, se habían dejado los fuegos y las villas desiertas ardían sin vigilancia. Después se echó a reposar y reposó en verdad con un profundísimo sueño, pues su respiración, que era bastante pesada y ruidosa debido a su corpulencia, era oída por los que se encontraban ante su puerta.

 

Pero el patio desde el que se accedía a la estancia, colmado ya de una mezcla de ceniza y piedra pómez se había elevado de tal modo que, si se permanecía más tiempo en la habitación, se impediría la salida. Una vez despertado, sale y se reúne con Pomponiano y los demás que habían permanecido alertas. Deliberan en común si se quedan en la casa o se van a donde sea al campo. Pues los aposentos oscilaban con frecuentes y amplios temblores y parecía que sacados de sus cimientos iban y volvían unas veces a un lado y otras a otro.

 

A la intemperie de nuevo se temía la caída de piedras pómez a pesar de ser ligeras y carcomidas, pero se escogió esta opción comparando peligros; y en el caso de mi tío, una reflexión se impuso a otra reflexión, en el de los demás, un temor a otro temor. Atan con vendas almohadas colocadas sobre sus espaldas: Esto fue la protección contra la caída de piedras. Ya era de día en otros sitios y allí había una noche más negra y más espesa que todas las noches. Sin embargo muchas teas y variadas luminarias la aliviaban. Se decidió dirigirse hacia la playa y examinar desde cerca qué posibilidad ofrecería ya el mar; pero éste permanecía aún inaccesible y adverso.

 

Allí echado sobre una sábana extendida pidió una y otra vez agua fría y la apuró. Luego las llamas y el olor a azufre, indicio de las llamas, ponen en fuga a los demás, a él lo alertan. Apoyándose en dos esclavos se levantó e inmediatamente se desplomó, según yo supongo, al quedar obstruida la respiración por la mayor densidad del humo, y al cerrársele el esófago, que por naturaleza tenía débil y estrecho y frecuentemente le producía ardores. [2]

 

Cuando volvió la luz (era el tercer día, contando desde el que había visto por última vez) se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver.

 

Entre tanto en Misenum, mi madre y yo — pero esto no importa a la historia, ni tú quisiste saber otra cosa que su final. Por tanto termino. Únicamente añadiré que he narrado todo en lo que yo había estado presente y lo que había oído inmediatamente, cuando se recuerda la verdad en mayor medida. Tú seleccionarás lo más importante; de hecho, una cosa es escribir una carta y otra escribir historia, una cosa es escribir a un amigo y otra a todos. Adiós.”

 

[1] La liburna o libúrnica es una embarcación que tuvo su origen en Liburnia, provincia de Dalmacia (hoy Croacia)  y que empleaban en la piratería. Con el auxilio de estas naves venció Augusto a Marco Antonio en la célebre batalla de Actium y desde entonces se les dio la preferencia en las armadas romanas.

[2] Sigue en discusión el factor decisivo para la rapidez y la cantidad de las muertes: altísima temperatura, humo, gases letales…

 

¿Será pedantería sugerir que en Plinio el Mayor, la curiosidad intelectual pudo más que la prudencia, pero la caridad (o generosidad con el prójimo en peligro) se impuso sobre ambas? En cualquier caso, su sed de conocimientos no parece haberse visto entremezclada con las ínfulas de exaltación personal que motivaron el autosacrificio del gran Empédocles al arrojarse en las fauces del Etna allá por el siglo V antes de nuestra era.-

Plinio Mosaico-Neptuno-Anfitrite Plinio vaciados_yeso

Restos de un fresco herculaneo.-              Hombre y perro atrapados por la erupción

 

 

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