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La desmesura del pródigo : Timón de Atenas

mayo 4, 2013

Bild       Las hetairas con Timon

 

La desmesura del pródigo: Timon de Atenas

En las culturas regidas por la regla del beneficio, la prodigalidad nunca fue una virtud aunque la celebraran como tal sus correlativos aprovechadores. De estos últimos apenas podría aplaudirse que considerasen el desmedido provecho  como una retribución equitativa, cuando no justa, de algunos exiguos favores o presentes entregados alguna vez al benefactor. Si la dispersión del despilfarro es extensa, nadie se siente alcanzado por ventaja alguna y en suma ni unos ni otros  asumen como deber el retribuirlo al menos con gratitud. Atribuyen la munificencia a la insania del donante, quien la habría arrojado al aire sin propósito fijo y llegaba como un regalo del destino; nunca a título de loable generosidad.

Con alcance extensivo, llámase también pródigo al que entrega o dona sin parsimonia, con generosidad y altruísmo  ( “prodiga”)  bienes no por fuerza materiales: loas, consejos, asesoramiento, contención emocional, tiempo y aun la propia vida (en pro de un ideal, p.ej.). Esta clase de prodigalidad bien puede calificarse como virtuosa.

No del todo coextensivo con los citados alcances del concepto de prodigalidad parece ser el traducido a las lenguas romances desde el Evangelio de Lucas, 15, 11-32, donde el menor de dos hijos de un dueño de rebaños pidió a éste el anticipo de su herencia y malgastó ese dinero en una conducta de vida desordenada. Cuando, del todo empobrecido, regresó a las tiendas del padre, éste en su alegría lo hizo vestir con ropa nueva, le regaló un anillo y calzado, lo agasajó con manjares en una fiesta de la cual no quiso participar el hijo mayor, enojado por no haber recibido jamás atenciones equivalentes. No por ello el texto califica de injusto al progenitor, quien respondió al hijo reclamante: “Tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, pues tu hermano estaba como muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”.

Tal vez la designación de “hijo pródigo”, que los subtítulos de manuales y catecismos suelen dar a ese personaje de la parábola, sea inadecuado; su conducta obedeció más a la inexperiencia de sus impulsos vitales, en pos de diversiones y aventuras, que al recóndito engranaje de una deforme prodigalidad. De ahí que no en todos los idiomas o tradiciones religiosas se acuda al mismo concepto. En alemán se dice “der verlorene Sohn” , en sueco “förlorade sonen”, o sea “el hijo perdido”, vocablo compatible con la letra del Evangelio.

Que ese hijo perdido haya despilfarrado su dinero (que le correspondía como anticipo de herencia), no lo convierte de entrada en pródigo. La biblia no informa que tuviese una familia a su cargo; lo malgastado en derroches seguramente fue entregado a cambio de placeres y otros “bienes” apetecidos. Sus entregas tuvieron un voluntario motivo , aunque éste fuese deleznable, pero respondieron a una causa de reciprocidad libremente aceptada, a un principio de equivalencia que en latín se decía “do ut des”. Cuando comenzó a padecer necesidad, muchos otros la sufrieron ya que “sobrevino en la región una escasez grande”. Pero le quedaban resortes de energía decisoria para ir a buscar trabajo y a colocarse al servicio de un dueño de cerdos que lo envió a cuidarlos. Llegó a desear que la comida para cerdos fuese también la suya, “pero nadie le daba nada” (“nada mejor”, añado como aporte interpretativo). Y ahí aún le restaban lucidez y confianza suficientes para regresar, arrepentido, bajo el techo de su padre.

En el inventario del hijo perdido ha de haber quedado un plus de experiencias adversas que supo aprovechar para el inicio de una vida más constructiva. Aunque se ganase la inquina del hermano, había obtenido la indulgencia del padre y la emocionada ternura de éste. No puede afirmarse que la supuesta prodigalidad del hijo redundara aquí en un daño duradero, excepto que su ulterior disfrute del patrimonio familiar engendrara en el hermano perjudicado un inextinguible resentimiento.

Do ut des, una técnica del colapso patrimonial inducido

Los “falsos recuerdos” a veces emanan de incorrectas asociaciones. Durante años mantuve la convicción de que cierto relato que me había apasionado en la juventud integraba un libro de ensayos y narraciones de George Orwell titulado Shooting an Elephant. Al reencontrar el viejo ejemplar busqué en él esa historia. Una de ellas tenía que ver con la cacería y trata de esos proboscidios – enrollante vocablo – en la lejana Burma, a la que llamábamos “Birmania” y hoy se denomina Myanmar. Pero no aparecían rastros del cuento que yo creía incluido en ese volumen. Con la más endeble de las lógicas intenté continuar asociando el relato, en mi precaria memoria, con otros repositorios librescos de temática afín, hasta decidirme por el más improbable, donde tampoco lo encontré: los textos de filosofía de la India recopilados por el versátil Lin Yutang (quien era chino cristiano educado en Occidente).

La sencilla trama del relato versaba sobre un príncipe asiático derrotado en escaramuzas fronterizas por un rey vecino. Ya sin recursos para continuar la guerra, concierta con el otro la paz y como prenda de reconciliación le envía un magnífico elefante blanco, bello ejemplar considerado de origen divino y por ende sagrado a raíz de su inusitada albura. Las reglas de una elemental cortesía entre nobles vedaban rehusar tan valioso obsequio. Éste, a causa de su sobrenatural estirpe, obligaba a su poseedor a proveerlo de exquisitos homenajes y cuidados: manjares de las más diversas procedencias, higiene perfecta y continua, supervisión de su salud a cargo de los mejores médicos y veterinarios, arreos y ropajes espléndidos, rituales costosos, habitáculos palaciegos, ambientes aromatizados donde el aire se renovara a impulsos de ligeros abanicos de plumas balanceados por bellísimas esclavas. Debía ser llevado por tierra y por agua, con multitudinarios cortejos, a cercanas y lejanas comarcas del reino para ser mostrado a los súbditos que ansiaban tributarle su adoración, aunque no contribuyeran a mantenerlo. Desde ya estaba exento de todo trabajo o esfuerzo, a diferencia de los pesados servicios que se exigían a sus congéneres de menor blancura.

Eran tantas las erogaciones en oro y en especies que el rey y los habitantes de su Estado debían aportar para el mantenimiento del bellísimo elefante blanco, que todos terminaron por arruinarse. El reino decayó hasta extremos insostenibles, hasta el punto de que el príncipe vecino antes derrotado pudo fácilmente invadirlo sin lucha.

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Cada historia narra sus propias peripecias, pero algunas convergen en un tema similar. Esa afinidad en torno de los efectos nocivos de ciertos regalos interesados aparece también en el caso, considerado como histórico, del ateniense Timon.

Al parecer Timon vivió en la segunda mitad del quinto siglo a.C., o sea que podemos tenerlo como un contemporáneo de Sócrates. El comediante y pensador sirio de expresión griega Luciano de Samosata (s. II d.C.) presenta a Timon como un misántropo consecuente, llevado a esa postura por la ingratitud de sus amigos con quienes antes se había mostrado en extremo dadivoso. También Plutarco lo menciona en su Vida de Alcibíades y lo cita como alusión comparativa al mencionar la soledad en que había quedado Marco Antonio tras su derrota en Ansium (Actium?). Más cerca de nosotros, el poeta italiano Boiardo retoma su figura en la comedia en terzinas Timone (hacia 1490) y alguien del entorno de Shakespeare – o éste mismo – escribe en 1608 el drama Timon of Athens, que sigue descollando en escenarios de nuestros días.

Mientras aguardo que los amigos iusprivatistas alleguen a esta página las rectificaciones o aclaraciones que entiendan necesarias, continúo creyendo que el principio del  do ut des  refiere a  una elemental  intuición del valor Justicia o de una equilibrada reciprocidad de prestaciones más allá de su añeja formulación jurídica. La proyecto así hacia ámbitos de valoración ética de otras prácticas sociales, interactivas o no, individuales o colectivas, artísticas o políticas. Tal vez no sirva al tema de este artículo, salvo que reconozcamos a la preposición ut la fuera de una insinuación sumamente persuasiva: como cuando se da algo con el interesado propósito de recibir algo mejor o mayor, no sólo equivalente.

Traducido a lenguaje coloquial, puede equipararse en lo semántico al socorrido toma y daca,  trueque simultáneo de cosas o servicios y aun – en mejor empalme con el  objeto de esta nota – al “favor que espera la reciprocidad inmediata”. Con esta última significación libero el concepto de sus cercos jurídicos y llego a aplicarlo al de una técnica de manipulación  extorsiva y aprovechadora de vanidades ajenas. Para ilustrarla, apelo a un ejemplo cuya estricta comprobación histórica es discutible pero que obtuvo un respaldo literario y escénico de superlativo nivel: el de un creador tan cercano a la persona de Shakespeare que muchos no hesitan en identificarlo con el propio Will.

Antes de divagar con el do ut des hacia las infirmes aguas de la psicología moral y su tratamiento literario, retorno a lo poco que me quedó de su concepto desde las remotas  e imprecisas incursiones en el derecho romano.

En la cultura anglosajona la expresión quid pro quo se toma en el sentido de sustituir algún bien con otro o para referirse a la reciprocidad en un trato explícito o implícito, en un intercambio de favores, o en cualquier tipo de relación social o interpersonal, especialmente las negociaciones en las que debe haber beneficios o cesiones equivalentes por cada parte; del modo en que se usan las expresiones castellanas «toma y dame» o «toma y daca» y las expresiones inglesas «a favor for a favor», «what for what», «give and take» y «this for that». La expresión latina que más propiamente reflejaba ese sentido era do ut des (doy para que des). No es improbable que ciertos casos de prodigalidad  tengan su inicio en la creencia, de parte del dador desmedido, de estar retribuyendo con gratitud favores recibidos.

Cuando éramos estudiantes de abogacía, el programa del curso de Civil Parte General exigía conocer entre las incapacidades de derecho la originada en la causal de “prodigalidad” y su eventual neutralización jurídica: la figura del curador del pródigo. Pocas veces llegaban el docente titular o sus auxiliares de cátedra a explicar en clase tan infrecuente mecanismo, ideado para preservar el patrimonio de personas ricas y harto dispendiosas cuando despilfarraban los bienes que ansiaban recibir sus angustiados herederos. Actuase o no con el regocijo de hacer sufrir a estos últimos, la conducta del pródigo podía extenderse durante varios años, con ejercicio de su soberana libertad, en detrimento de su fortuna material, del bienestar de su familia y de las expectativas alimentadas por quienes aspiraban a sucederlo. Ello conformaba una conducta rayana en cierto grado de demencia, senil o no, y podía ser remediado por los expectantes interesados legítimos a través de una acción personal ante un juez; quien previa verificación sumaria de los actos dispendiosos ya cometidos y tras una somera revisión psiquiátrica del alegre dilapidador, dictaba medidas cautelares o anulatorias sobre donaciones inminentes o ventas   simuladas y ruinosas, con simultánea inhibición de bienes y designación de un curador que sustituyese al accionado en la administración y el manejo de su fortuna… o lo que restara de ella. Tal intervención no solía afectar los “actos personalísimos” del demandado, pero lo sometía a una incapacitación relativa en la disposición de su patrimonio.

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El Timon shakespeariano

Fuese o no conocida en tiempos de Timon esa medida cautelar y semiincapacitante, nadie hubiese podido requerirla contra las desmesuradas liberalidades del nombrado ya que, al parecer, éste carecía de herederos o al menos no los mencionan los autores que escribieron sobre él. Tanto más fácil les resultó, pues, a sus sedicentes “amigos” empujarlo por la pendiente que acabó en su ruina e incurable misantropía.

La propensión misantrópica o tendencia a odiar a toda la humanidad (excepto, tal vez, a quienes también la comparten), solía arrojar a los filósofos de ese signo entre los mendicantes o menesterosos de toda laya que abundaban – como hoy — en las calles de las ciudades. Pero se diferenciaban de éstos por la elocuencia e ingenio de que hacían gala ante los instruidos, los ricos y los poderosos, que toleraban sus chascarrillos por diversión aunque fuesen hirientes y provocativos. Algunos de esos amargos pensadores decíanse del grupo de los cínicos, los de la “secta del perro” pues se reunían cerca del Kynosarge, el “mausoleo del perro”, animal cuyo estilo de vida – cuando era abandonado – pretendían llevar.

En la trama de Shakespeare (Act I, Scene 1), el modelo imitado por Timon es un cínico llamado Apemantos. Cuando algunos personajes lo apodan “a dog”, la mención injuriosa no puede serles imputada como delito u ofensa ya que ese es el significado de kynikos. Oigamos algunas de sus réplicas, vertidas al castellano:

Señor: Adiós, adiós.
Apemanto: Eres un necio al decir adiós dos veces.
2º Señor: ¿Por qué, Apemanto?.
Apemanto: Debiste guardar un adiós para ti, porque yo no pensaba darte ninguno.”

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“Apemanto: ¿No sabes leer?.
El Paje: No.
Apemanto: Entonces, no perderá gran cosa la ciencia el día en que te ahorquen…”

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Timón: …¿Qué harías del mundo, Apemanto, si cayera en tu poder?
Apemanto: Se lo daría a las fieras, para desembarazarme de él.”

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“Si vas a perder la cabeza, deja las orejas. Tenemos pocos ceniceros.”

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Datos escuetos encontrados sobre el protagonista del drama Timon of Athens permiten citar a Plutarco, quien lo sitúa en la época de las guerras del Peloponeso entre Esparta y Atenas (años 431 y 404 antes de Cristo). El comediógrafo Luciano de Samosata cuenta que Timon fue un rico heredero que dilapidó sus bienes en agasajos y obsequios para sus amigos; cuando se acabó su dinero, los amigos lo abandonaron y él se vio reducido a trabajar en los campos, cavando y roturando. Cierto día encontró una vasija llena de monedas de oro y, al saberlo, los amigos regresaron a saludarlo; cuando los vio llegar, los hizo huir arrojándoles terrones barrosos. Tanto Aristófanes como Plauto lo mencionan como un acerbo despreciador del género humano que sólo honraba al brillante jefe militar espartano Alcibíades por suponer, con acierto, que algún día arrasaría a Atenas. El ya mencionado Plutarco de Queronea, autor de las denominadas Vidas paralelas, sostiene que Marco Antonio – tras su derrota en Actium – erigió en Alejandría un templo al que llamó Timonium porque sentía que después de su fracaso todos los amigos lo habían dejado en la estacada, lo mismo que a Timon.

En la tragedia presuntamente shakespeariana, Timon es un querible y generoso aristócrata ateniense propenso a otorgar excesivos agasajos y obsequios a quienes saben halagar su vanidad con elogios o pequeños presentes. Cuando, a fuerza de malgastar su fortuna, se encuentra ante las justas exigencias de los acreedores, poco puede hacer su fiel servidor Flavius para eludirlos y al fin debe reconocer que está en bancarrota. Se dirige entonces a quienes creía sus “amigos” y habían  recibido mucho de él, pero le responden con excusas y lo dejan sin auxilios en esa situación que pronto podría acarrearle la cárcel, la sujeción a esclavitud  e incluso la muerte. Enojado con ellos, los invita a un banquete antes de intentar sustraerse a las leyes de la ciudad y como único plato les sirve agua caliente, recriminándoles su ingratitud y cubriendo de reproches a la humanidad entera.

Por entonces, el guerrero espartano Alcibíades pasado al servicio de Atenas solicitaba en vano del senado ateniense la revocación de una sentencia a muerte que había recaído sobre uno de sus soldados. Ante la insistencia de Alcibíades, éste es desterrado y decide volver sus armas en contra de la ciudad. Enterado de que Timon también es un prófugo de la justicia ateniense, lo visita en la cueva donde éste ha buscado refugio y se alimenta de raíces que busca removiendo la tierra inmediata a su ermita. En esa búsqueda de su sustento, Timon tropieza con una vasija de arcilla repleta de monedas de oro, las que ofrece a Alcibíades para que éste se apresure a destruir a Atenas. El guerrero acepta una parte del tesoro con el fin de poder pagar a sus soldados y marcha contra la ciudad.

También regala oro a las hetairas finas  para que corrompan y contagien con sus enfermedades a los jóvenes de Atenas. A su fiel servidor y administrador Flavius, el único que permaneció a su lado en la adversidad, le da oro suficiente para el resto de sus días bajo la condición de que viva aislado de la compañía de los hombres.

A tres ladrones que llegan hasta su caverna, atraídos por el rumor del tesoro hallado, el misántropo eremita les imparte la siguiente enseñanza sobre la universal difusión del latrocinio entre hombres de todas las clases y condiciones, incluso entre los astros y otros cuerpos celestes:

Nor on the beasts themselves, the birds, and fishes;
You must eat men. Yet thanks I must you con
That you are thieves profess’d, that you work not
In holier shapes: for there is boundless theft
In limited professions. Rascal thieves,
Here’s gold. Go, suck the subtle blood o’ the grape,
Till the high fever seethe your blood to froth,
And so ‘scape hanging: trust not the physician;
His antidotes are poison, and he slays
Moe than you rob: take wealth and lives together;
Do villany, do, since you protest to do’t,
Like workmen. I’ll example you with thievery.
The sun’s a thief, and with his great attraction
Robs the vast sea: the moon’s an arrant thief,
And her pale fire she snatches from the sun:
The sea’s a thief, whose liquid surge resolves
The moon into salt tears: the earth’s a thief,
That feeds and breeds by a composture stolen
From general excrement: each thing’s a thief:
The laws, your curb and whip, in their rough power
Have uncheque’d theft. Love not yourselves: away,
Rob one another. There’s more gold. Cut throats:
All that you meet are thieves: to Athens go,
Break open shops; nothing can you steal,
But thieves do lose it: steal no less for this
I give you; and gold confound you howsoe’er! Amen.

Lo sustancial de ese discurso está en los versos que en prosaico castellano intento traducir así: “Os justifico con ejemplos la profesión de ladrones que ejercéis. El sol es un ladrón y con su fuerte imán  atrae el ancho mar. La luna es una pertinaz ladrona cuyo pálido fuego se lo escamotea al sol. El mar es un ladrón cuya salobre masa líquida es obtenida de las lágrimas que a la fuerza hace derramar a la luna. La tierra es una ladrona que crece y se engendra de los desechos del universo entero. Toda cosa es un ladrón. Las leyes, vuestro freno y látigo, con su rudo poder son un hurto sin límites. No os améis entre vosotros y seguid vuestro camino. Robaos  los unos a los otros. Aquí hay más oro. Cortad gargantas: todas las que hallareis son ladronas. Id a Atenas y saquead las tiendas: nada de cuanto robéis allí ha pertenecido antes sino a ladrones. Que lo que yo os dé no os impida robar otro tanto. ¡ Y que el oro sea la causa de vuestra pérdida, de una manera u otra! Así sea” (Acto IV, escena 3).  La mención del “pálido fuego” de la luna dará título, en el siglo XX, a una sutil y atrapante novela de Vladimir Nabokov precisamente titulada Pale Fire, cuya lectura no me privo de recomendar. Nada es asaz explícito en el relato de Nabokov, pero esa alusión podría referir al “plagio inverso” que ensaya el destronado rey de Zembla cuando procura influir sobre el contenido de un poema narrativo que otro está componiendo;  aunque no lo logra, llega a apropiarse de esa creación literaria cuando su autor muere “por error”.

Luego Timon envía a su sirviente, provisto de monedas de oro, para que demuestre a los atenienses el buen giro que ha tomado su fortuna. Cuando Alcibíades entra en la ciudad sin encontrar gran resistencia, algunos de los que habían sido sus “amigos” acuden a la ermita para rogar a Timon que los ayude a apaciguar al invasor. El misántropo Timon les ofrece tan solo un árbol cercano para que se ahorquen colgados de las ramas. Alcibíades pacta la paz con los senadores a cambio de que le sean entregados sus enemigos y aquellos que habían rehusado auxiliar a Timon cuando éste hubo caído en cesación de pagos. En la escena final, entra un soldado y comunica a su general que Timon ha muerto y está sepultado en una tumba al borde del mar. Sobre la tumba el protagonista había hecho inscribir un epitafio, consecuente hasta el final con su amarga misantropía:  “…Aquí duerme Timon que, cuando vivía, detestaba a todos los hombres. Pasa y maldice con toda tu alma; pero pasa y no detengas aquí tus pasos”.

Y el poeta atribuye al noble  Alcibíades un homenaje póstumo a la “rica imaginación” de Timon, quien al hacer erigir su sepulcro tan a la vera del mar – y no obstante haber aborrecido en vida las demostraciones del dolor humano – tuvo a la postre el pensamiento de “…hacer llorar para siempre al vasto Neptuno sobre tu humilde tumba por faltas perdonadas”.  O mejor desde el texto mismo:

Here lie I, Timon; who, alive, all living men did hate:
Pass by and curse thy fill, but pass and stay
not here thy gait.’
These well express in thee thy latter spirits:
Though thou abhorr’dst in us our human griefs,
Scorn’dst our brain’s flow and those our
droplets which
From niggard nature fall, yet rich conceit
Taught thee to make vast Neptune weep for aye
On thy low grave, on faults forgiven.

Nadie debiera de conformarse con el exiguo sumario que antecede ni quedarse sin haber disfrutado de la pieza dramática total, en el idioma que cada cual comprenda y con el añadido placer de leer trozos significativos del original.

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Con tratarse de una tragedia no muchas veces representada y poco frecuentada por los comentaristas de las obras de Shakespeare, Timon of Athens ha vuelto a merecer la atención de algunos actuales directores de escena, que gustan de presentarla en contextos y con vestimenta de nuestro tiempo. Y no ha dejado de ser citada por escritores de la talla de Charles Dickens (Great Expectations) y Herman Melville (The Confidence Man), así como ha merecido consideraciones y citas textuales por parte de Karl Marx, a propósito de las funciones sociales del dinero, en el tercero de sus Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844.

Estos “manuscritos parisinos” contienen un germen ya bastante elaborado de lo que serían las ideas filosóficas y económicas de Marx en todo lo que de él se publique a partir de 1848. Se encuentran allí sus reflexiones sobre la alienación del trabajo humano, los temas del salario y la ganancia, la explicación y crítica de la propiedad privada, la división social del trabajo y, por ende, las cuestiones de la riqueza, del dinero y del poder.

En lo concerniente al dinero, más allá de su acumulación y eventual pérdida, transcribe el pensador renano dos párrafos completos de la tragedia de Timon que le brindan condimento literario para su indagación filosófica en torno de los efectos que genera el dinero en los caracteres y las relaciones. “…es el vínculo que me liga a la vida humana, que une a la sociedad, que me liga con la naturaleza y con los hombres (…). ¿Acaso no es también por ello el medio general de separación? Es la auténtica moneda fraccionaria así como es el verdadero instrumento de unión, la fuerza galvanoquímica de la sociedad”.  Esa fuerza reside para él  “…en su esencia como esencia genérica alienada, extrañada, enajenante y autoenajenante del hombre” (Tercer manuscrito).

De ahí que su pérdida atraiga en poco tiempo la repulsa social del insolvente, aun la de supuestos “amigos” que de él hubieren recibido dádivas y favores. La conciencia de deberle mucho suscita en tal caso el temor de verse involucrado en sus deudas y también en el delito de no pagarlas, castigado con cárcel, muerte u ostracismo en antiguos y no tan lejanos regímenes jurídicos.

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El pródigo como enigma

Explicaciones “objetivadoras” como la del pensador renano no anulan el enigma caracterológico del pródigo, sobre el cual versa este artículo. Si la prodigalidad se engendra o no en la autoinculpación por faltas conscientes o inconscientes, o bien en el temor de ser castigado por ellas aunque no se sea personalmente responsable de saldarlas, son preguntas que ni siquiera puedo formular en el correcto lenguaje del psicólogo. Vuelvo pues a las cuestiones del comienzo: si corresponde un indiscriminado enjuiciamiento moral de todo pródigo, cualesquiera que hayan sido los efectos generados (para sí o para otros) por su prodigalidad.

Un jesuítico casuismo quizá venga aquí a cuento para aventurar una conclusión – visto que de todo planteo, por intrincado que parezca, se nos exigen conclusiones. Ya adelantamos las que creímos justas para el caso del “hijo pródigo” (Lucas 15, 11-32). La situación que en el terreno literario nos presenta el autor de Timon of Athens es más compleja. Si sus despilfarros lo hubiesen determinado al suicidio por mera desesperación, podríamos citarlo en abstracto como un “mal ejemplo ético”. Si lo hubiese cometido para eludir la cárcel, el mismo parecer no sería tan rotundo.

De Timon no nos informan Shakespeare, ni sus fuentes, que haya dejado familia o descendientes en estado de indigencia; ni siquiera que los haya habido. Podríamos reprocharle blandura de carácter o exceso de vanidad ante los halagos y pequeños obsequios de sus sedicentes “amigos”. Pero aquilataba nobleza de espíritu la inmediata disposición a solventar la deuda de Ventidio para rescatarlo de prisión (Acto I, sc. 1), así como el no obligado gesto de entregar una dote al joven pretendiente de la hija del pícaro viejo ateniense (ibid.). Lo mismo la liberalidad con que Timon actúa como anticipatorio Mecenas en favor de las pretensas “obras de arte” del joyero, el poeta y el pintor.

Es generoso con sus amigos y amigas al invitarlos a suntuosos simposios para el cultivo de la sociabilidad. No era el único en condiciones de hacerlo, pero el único en haberlo hecho. Ni siquiera desdeñaba ni rechazaba la presencia del cínico menesteroso Apemantos en esas reuniones, aunque éste los llenara a todos de sarcasmos e injurias; bien que en esto de tolerar la insolencia de los vagabundos se siguiese una costumbre arraigada en Atenas, como mucho después la de los fools y jesters junto al trono de los reyes y tiranos.

Sobre el trasfondo de esos rasgos positivos, leo con indulgencia máxima la decisión de Timon de preferir el desprecio de la humanidad y el voluntario ostracismo a la cárcel, la vergüenza pública u otra eventual o peor condena infamante. No se dejó morir; comía raíces hasta que el hallazgo de la urna aurífera lo hizo capaz de aceptar otros manjares y castigar mediante el empleo de “su” oro a los duros gobernantes de su ciudad y a algunos de sus ingratos habitantes. No era probable que los perdonara con dulzura evangélica. Prefirió seguir pobre en la ermitaña caverna y dejar que el mar – no los humanos – llorase lágrimas de sal sobre su tumba.-

Carlos Haller

Mar del Plata, mayo de 2013

 

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