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El grillo de Conrado Nalé

abril 23, 2013

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El grillo de Conrado

¿Poesía menor? Si implicase una valoración estética, el mero enunciado se descalifica por sí solo al constituir una contradicción en sus términos. De aludir a contenidos temáticos, se invalida con reconocer la infinidad de hechos y cosas humildes que han sido inmortalizados por la más alta creación poética en todos los tiempos. Aplicado el epíteto a los limpios y sutiles versos del poeta argentino Conrado Nalé Roxlo, sería una estúpida injusticia que además de zaherir su memoria – vigente en el recuerdo de quienes disfrutábamos en la escuela sus estrofas y relatos – ignoraría la autorizada opinión crítica del mayor de nuestros vates: Leopoldo Lugones.

Lo escrito por este último a propósito del primer poemario publicado por Nalé (El grillo – 1923) será reinserto parcialmente aquí en un próximo posteo. (Que ambos egregios escritores me perdonen el extraño neologismo de postear, si desde los cielos de su fama aún malsuena a sus oídos o bien si siempre admitieron que el vocablo no escandaliza a un viejo uso dialectal iberoamericano).

Dedico el posteo de ahora al obrero de las letras, del humor y del periodismo que no trepidó en firmar muchos de sus agridulces cuentos literarios con el pseudónimo de Chamico, palabra que designa una planta bien americana, sagrada para algunos pueblos aborígenes, de sabor amargo y efectos alucinógenos e incluso mortales en el organismo humano. Tal vez cierto grado de socarronería anidara en la pura alma de Conrado Nalé al adoptar ese nom de guerre  o apodo literario, para enmascarar de ferocidad su natural inofensivo.

Había nacido en Buenos Aires en 1898 y allí falleció en 1971. Autodidacta (¿me es permitido escribir “autodidacto”?), hijo de uruguayos, cultivó todos los géneros de la escritura como vocación y profesión. Sus dramas recrean poéticamente argumentos de origen legendario como en La cola de la sirenaEl pacto de Cristina y Judith y las rosas. Muchos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés e italiano. Su poemario El grillo obtuvo un temprano premio y la crítica elogiosa de Lugones, enemigo público número uno –por entonces– de los jóvenes poetas. Es que ningún menor de veinticinco años escribía sonetos. Claro desvelo fue publicado en la editorial Sur en 1937 y De otro cielo (1952) fue su tercera incursión en la poesía lírica. En 1967 apareció su Poesía completa.

 Pertenece a la extraordinaria generación que nació con el cambio de siglo: Molinari, Bernárdez, Borges, Pedroni, Marechal, Mastronardi, Olivari, e incluso Tuñón. De muchacho, estuvo en la revista Martín Fierro de los vanguardistas, pero él no lo era.

 Como humorista de cultivada alcurnia escribió una colección de pastiches literarios bajo el título de Antología apócrifa (1943), cuya relectura siempre me complace recomendar a mis amigos y a mí mismo. Perdí el ejemplar de tanto prestarlo. Bajo los nombres ficticios de Chamico y Alguien escribía relatos de fino humor en diarios y revistas, que luego reunió en libros como Cuentos de Chamico, El muerto profesional, Cuentos de cabecera, Mi pueblo, La medicina vista de reojo y Sumarios policiales. Agradecería que “alguien” me ayudase a rastrear alguno de ellos en Mar del Plata.

 Ha escrito guiones cinematográficos, como Historia de una carta (1957), Loco lindo (1936), Madame Sans Gene (1945), Una novia en apuros (1942), Una viuda difícil (1957) y Delirio (1944). Fue también conferenciante y dirigió el semanario humorístico Don Goyo y el semanario satírico para médicos EsculapiónLas puertas del purgatorio fue Premio Nacional de 1955 y El cuervo del arca fue Premio Nacional de Teatro de 1945. También es autor de la novela Extraño accidente (1960). Cultivó la literatura infantil, donde logró obras maestras como La escuela de las hadas. También dirigió el suplemento literario del diario Crítica.

 Ahorro a los lectores de kalais una enésima copia del poema El grillo, bien frecuentado en los años escolares (conjetura tal vez algo optimista…). Pero pueden escucharlo en la propia voz del autor si ingresan al siguiente sitio: Voz de Nalé Roxlo  diciendo  EL GRILLO http://palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz.php&wid=2575&t=El%20grillo&p=Conrado%20Nal%E9%20Roxo&o=Conrado%20Nal%E9%20Roxlo

 Y acompaño dos poemas del mismo poeta que merecen ser releídos.

De otro cielo   

Ésta es mi copa y la rompo.
Éste mi caballo y lo suelto.

Decid a mis amigos que he muerto.

Que el vino derramado de mi copa
lo beban mi enemigo y mi perro,
y sobre las cenizas de mi casa
dancen ebrios.

Yo con mi propia sed quiero embriagarme
hasta ser una estatua de fuego

Decid a mis amigos que he muerto.

Que mi caballo pase
bajo el arco de rosas y laureles
con otro caballero.

Decid a mis amigos que he muerto,
que he muerto y soy dichoso
de otra dicha que baja de otro cielo.

Estela

No pongais en mi estela funeraria
mi nombre ni las fechas de mi vida,
ni la piadosa frase dirigida
a salvar mi memoria literaria.

Que en la palabra ajena no se agrave
la confusión creada por la mía,
que el mundo incierto que en mi voz vivía
el tiempo borre y el silencio lave.

Si hay un Dios que me quiere como espero,
yo que por no saber tanto he mentido
quiero aguardar mi eternidad dormido
bajo un mármol por mudo verdadero.

 Debo a Andrés Aldao, de su página Los grandes de la literatura, esta muestra de la prosa de Nalé: http://literaturarioplatense.blogspot.com.ar/2009/07/los-cien-anos-de-conrado-nale-roxlo.html

Conrado Nalé Roxlo — EL LLAMADO

 El niño jugaba ensimismado en la alta terraza iluminada por la suave luz del sur, más azul que dorada. De pronto interrumpió sus juegos y escuchó. De lo más profundo de la casa, de más allá de las frescas cuevas en que los vinos sepultados desde hacía muchos años esperaban revivir en un brindis fugaz y una canción ligera; de más allá de los antiguos calabozos que aún guardaban olvidados instrumentos de tortura, de un último subterráneo que la casa ignoraba por dignidad y miedo, le llegó un lento grito, que nadie más que él oyó porque sólo a él estaba dirigido. Debió subir disimulándose entre los ruidos habituales; atravesando de un salto las espaciosas salas vacías: simulando ser el aullido de un perro lejano al cruzarse con alguien. No importa saberlo. Cosas más graves quisiéramos dilucidar y tampoco podremos.

El niño levantó la cabeza, y más que sorprendido parecía triste. Antes de iniciar el descenso, eso sí, paseó la mirada a su alrededor buscando un signo propicio. Pero de los árboles del parque, que ya comenzaban a cerrarse sobre sus pájaros para el gran recogimiento nocturno, no salieron más que los píos habituales y ningún trino más alto; ninguna manzana cayó inesperadamente sobre la hierba oscurecida ya; la nube gris, en que fijó la mirada largamente, no cambió de forma, y la brisa que movía las flores amarillas de la terraza ni se detuvo ni aceleró el vuelo. El niño entonces echó a andar hacia la escalera, y el perro no lo siguió.
Lo único que pudo hacer el Ángel de su Guarda fue taparse los ojos con el ala.
Al pasar frente a la puerta entreabierta de la biblioteca vio a su padre, noblemente envejecido, inclinado sobre un libro por cuyas páginas transcurrían los pensamientos de Marco Aurelio, graves, serenos, resignados como ríos sin pasión.
El niño pudo entrar como otras veces y, sentándose a sus pies, jugar con las pesadas borlas de oro de su bata, pero siguió bajando la antigua escalera, que aquella tarde no crujía, como si en lugar del niño bajara su pequeño fantasma.
Al pasar por otro piso, frente a otra puerta, oyó las voces de sus hermanas. De entrar, lo habrían envuelto en una alocada de puntillas y de risas, y los polvos de arroz que se ponían exageradamente lo habrían hecho estornudar y reírse a él también . Pero no tendió la mano al pomo azul de la puerta.
Las bajas cocinas lo envolvieron en una vaharada de aire cálido y sabroso, y oyó el chisporrotear de aceite dorado de una estrepitosa fritura.
Descendió más. Ya estaba en la cuadra. Tropezó con un cubo olvidado, pero ninguno de los caballos, todos mayores que él, volvió la cabeza. Pasó antes las cuevas del vino; ante los calabozos, cuyas puertas nunca moviera el viento. Ahora los peldaños de la escalera eran de piedra resbaladiza. Estaba en la parte eternamente tenebrosa y aborrecida de la casa, adonde no bajan las ratas. Una puerta estrecha cedió a la leve presión de la mano y, con los ojos arrasados en lágrimas de amor, fue al encuentro del grito trémulo, bajo, lleno de horrorosa ternura.
Nunca volvió a subir la escalera, aunque los habitantes de la casa y las visitas lo siguieron viendo durante todos los años de su vida, un poco distante, pero por lo demás, de apariencia normal y hasta saludable.

 

EL CUERVO DEL ARCA  –  Conrado Nalé Roxlo

La historia comenzó, poco más o menos, como el poema de Edgar Poe. En la alta noche un cuervo tristísimo entró por mi ventana y fue a posarse, en el respaldo de un sillón de cuero. Sacudió las alas, parpadeó y, clavando en la mía su mirada fatídica, me dijo:    
–He venido a buscar una pluma.   
–Lo siento – le respondí –, pero las únicas plumas de que dispongo no son dignas de un ave tan ilustre como tú (pensaba en el plumero y en el “duvet” de los almohadones), un ave cantada por la lira del “celeste Edgardo” aunque, a la verdad, estás bastante desplumado, hermano.
Pero él me atajó explicándome que lo que necesitaba era una pluma que refiriera a su historia. 
Puse un papel limpio en la maquina de escribir e incliné la cabeza, pues mi obligación es repetir todo lo que me cuentan los pájaros, vengan de la oscuridad de la noche o del misterio del alma. 
Y el ave me contó lo que sigue, con una voz desagradable, pero tan triste que parecía un disco rayado con una espina de la corona de Cristo. Dijo:
–No siempre fui un pájaro calvo, de enlutado plumaje y lúgubre graznido. Los ornitólogos, cuyos libros se perdieron cuando el diluvio, me describían así: Ave canora de hermoso plumaje azul oscuro y brillante, que ostenta en la frente un airón de un blanco tan purísimo que sólo puede comparársele al de la garza real. Su canto es tan melodioso y variado que de él aprenden los ruiseñores. Se lo considera ave de buen agüero.
Ante un gesto de incredulidad que no pude reprimir, agregó:
–Te cito la opinión de los hombres de ciencia como una concesión a las supersticiones actuales, ya que cualquiera que tenga dos dedos de frente comprenderá que nada feo ni triste pudo salir de las manos de Dios en la hora feliz de la creación, cuando estaba tan lleno de esperanzas en todos nosotros. A mí, como a muchas de sus criaturas, como a ti mismo, lo que nos ha entristecido y afeado es la vanidad.
– ¿A mí? – pregunté, algo molesto.
– Sí, hermano. De no haberte pasado la juventud buscando ideas y metáforas con las que crees mejorar el mundo, no tendrías esa tez amarillenta, esos ojos mortecinos y afiebrados detrás de turbios cristales, esa frente surcada de arrugas, esos labios quemados por el cigarrillo y esa boca contraída…
Como el retrato no me gustara, le rogué continuar su historia y dejar en paz la mía. Prosiguió:
– Cuando el gran navegante me invitó por orden superior a acompañarle en la más importante aventura naval de la historia, era yo, como te digo, un ave hermosa y feliz entre las aves. Y mi canto amenizó las interminables tardes de lluvia en el interior del Arca Santa. Era, aunque esto resulte un poco ridículo en el pico de un viejo, la mascota de a bordo.
“El patriarca no pasaba nunca por mi lado sin silbar algún salmo melodioso para incitarme a cantar; y en la palma de su mano me ofrecía semillas de girasol. Sus nueras, las tres eran jóvenes, bonitas y elegantes, interrumpían sus largas charlas para lanzar una mirada de reojo a mi blanco airón, y era que alguna había dicho: ‘¡Que bien quedaría adornado un turbante!’
Mucho mas me conto el cuervo de su belleza pretérita y del lugar privilegiado que tenía en el Arca, pero cuando le leí el dictado me rogo tacharlo, por pudo, según dijo. Recompongo el hilo de su relato.
–Y así continuaba la travesía interminable bajo la lluvia eterna y mortal, que caía en silencio de los cielos desilusionados.
“En las enormes noches veíamos a veces, a la luz de un relámpago, entre la densa lluvia, las alas del ángel que empuñaba el timón. Pero al fin dejó de llover; y los fuertes vientos se calmaron y hundieron suavemente en el circuito sin límites de las aguas desérticas. Y ya no se habló en la nave más que de si la inundación bajaba o no. Hasta que una noche de luna el viejo almirante me llevó a una ventana y me dijo: ‘Hijo mío, tus alas son tan poderosas como es de bello tu canto, clara tu inteligencia y segura tu lealtad; sal y vuela hasta que encuentres tierra seca, y tráeme una ramita, una brizna de hierba, algo, en fin, para que yo sepa cómo andan las cosas’. Y después de bendecirme me arrojó al aire. “Apoyados en la borda todos me gritaban cariñosos saludos y palabras de aliento, y vi que la menor de las nueras de Noé lloraba.
“Y así emprendí el vuelo más entusiasta que ave alguna haya levantado nunca. Les traeré una flora tan hermosa, pensaba, que palidecerán al verla.
“Toda la noche volé en línea recta hacia el horizonte. A la mañana siguiente vi sobresalir de las aguas la copa de un olivo, pero no me detuve. ¿Cómo iba a presentarme ante aquella familia que tanto me quería con una rama pálida y sin gracia? ¡Una flor, la flor de las flores, era lo que yo deseaba para ellos!
“Varias horas después, en un altozano, encontré un granado en flor, y ya iba a cortar una cuando me acordé de que al viejo patriarca le desagradaban las granadas; decía que tenían algo de sensual e impúdico en el modo de abrirse, y que, a poco que uno se descuidara al comerlas, le dejaban en la boca un amargor como el del pecado. No iba a presentarle como la primera flor de la tierra reconquistada la de un fruto que le desagradaba. Habría sido una falta de tacto.
“Mas lejos encontré un rosal silvestre, pero eran muy pobres flores para tan gran noticia. Y así, por una razón o por otra, fui desechando todos los testimonios del perdón de Dios, y seguí volando en busca de una flor tan hermosa como lo que estaba ocurriendo. ¿Cuánto duró mi viaje? No lo sé; pues como mi vida se cuenta por siglos tengo una noción del tiempo que no va a tono con la del hombre, cuya existencia es tan breve… Pero no quisiera cansarte con el relato de mis aventuras. Por fin, muy lejos, hallé una flor, que aunque sólo se parecía muy vagamente a la sombra de la que yo venia soñando durante todo el vuelo, podía presentarse decentemente a quienes no hubieran visto la mía. La corté y con ella en el pico emprendí el regreso por el mismo camino.“¡Qué cambiado estaba todo! ¡Los hombres, otra vez, cultivaban los campos, apacentaban los ganados, levantaban ciudades y puentes! Pero lo que más me sorprendió fue ver una procesión que, detrás de una imagen dorada, imploraba al cielo la lluvia como un bien supremo. ¿Es que ya habían olvidado el Diluvio? Comencé a pensar que, acaso, se me había hecho tarde. Y al fin llegué a los montes de Armenia. Por una clara estrella en que me fije al partir, supe el lugar exacto donde había quedado anclada el Arca.
“Plegué las alas y me dejé caer. Pero no hallé ni rastros de la nave salvador. Entre sus ovejas dormidas, apoyado en el tronco de cedro, un pastor tocaba la flauta dulcemente, como se hace de noche. Posado en una rama baja esperé que terminara, y después canté yo para hacérmele agradable y que respondiera a mis preguntas. Pero no esperé a que su mano soltara la piedra que había cogido para arrojármela; mi propia voz, la que tengo ahora, me hizo huir espantado. Pasé la noche escondido en un matorral, lleno de confusión y angustia, y por la mañana fui a mirarme en el espejo de un arroyo… ¿Qué te voy a contar? Era tal como soy ahora: calvo, feo, negro, triste, ronco. Aquel gran vuelo en busca de una flor ideal me había destruido para siempre.
“Después, poco a poco, por conversaciones oídas en los vivaques de los pastores y los cazadores; por las canciones de las doncellas que iban por la tarde a buscar agua a las fuentes; por furtivas lecturas de los libros que los escolares escondían entre las zarzas cuando se hacían la rabona, fui enterándome de muchas cosas: el viaje del Arca Santa era una leyenda, en la que unos creían y otros no, pero mi nombre era universalmente infamado y se me citaba en horribles refranes; los niños destruían los huevos de los de mi raza, y se decía que era un ave fatídica y el símbolo de la ingratitud. ¡Ingrato yo que perdí la juventud, la belleza y el buen nombre por querer servir demasiado bien a la humanidad, representada por aquella familia errante sobre las aguas del castigo!”                                                                                                                                     El cuervo enmudeció un momento y dos lágrimas le rodaron por el pecho flaco y arratonado. Y yo contuve el gesto tonto de pasarle una mano consoladora por el lomo, como se hace con los loros disgustados.
Prosiguió:
–No vayas a creer que me resigné, así como así, a las calumnias. Muchas veces intenté justificarme, pero mi voz era tan desagradable que destruía todos mis argumentos. Decían que era vanidoso y tonto y me colgaron una ridícula historia en que salían una zorra y un queso. Incomprendido y despreciado, busqué entonces la soledad y la noche y, de tanto en tanto, me presento a los poetas para llorar mi desdicha con la esperanza de que alguno me defienda, ya que ellos, como yo, pierden con frecuencia el Arca Salvadora por volver en busca de flores imposibles.
Enmudeció el ave y largo rato permanecimos callados, frente a frente, alicaídos, con la cabeza hundida entre los hombros, sombríos y con la mirada fija en el suelo, muy semejantes.
De pronto las palomas del palomar de enfrente comenzaron a arrullarse, pues ya estaba amaneciendo. El cuervo se sobresaltó y me dijo:
– Adiós. Me voy, pues ando demasiado raído para mostrarme a la luz del sol.                             
Salí a la ventana para verlo partir en la luz rosada del amanecer. Y fue entonces cuando una paloma blanca, redonda y pulida, vino a posarse en el alfeizar, y después de darme cortésmente los buenos días, me preguntó:
– ¿Qué contaba ese pajarraco, si no es indiscreción?
– Nada, historias…
–Sí, siempre anda contando historias ridículas y lamentándose de su suerte, como si no lo tuviera bien empleado por desobediente… Yo, en cambio, en cuanto encontré la ramita de olivo me volví volando. Hacía un frío aquella mañana que no veía las horas de regresar al nido del Arca.
Quizá fui injusto al cerrarle la ventana, pero su historia no me interesaba.

 Bibliografía

Lacau, María H., Tiempo y vida de Conrado Nalé Roxlo. Entre el ángel y el duende. Ed. Plus Ultra, 1976, Buenos Aires., 20×14. 349 pgs.

Lorenzo, Paulino, Poetas de dulce nombre, Conrado Nalé Roxlo, Péndulo del Milenio, Nº 7, 2000.

Nalé Roxlo, Conrado,  Poesías: El Grillo – Claro Desvelo. Ed. R.J. Roggero, Buenos Aires, 1951. 189 pgs.

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