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Encuentros con W.H. Hudson, quilmeño e inglés

febrero 14, 2013

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Encuentros con W.H. Hudson, un quilmeño inglés

La desmesura de iniciar este artículo con ínfimas vivencias personales, sólo parece justificable cuando resulta que ellas condujeron al descubrimiento de Far Away and Long Ago y de otros tramos de la vida y obra de ese anglopampeano llamado William Henry Hudson. Narraciones autorreferenciales que abundan en él se encuentran también en otros de sus libros (cuentos, novelas, poemas, ensayos, informes sobre observaciones  ornitológicas), y ello los hace aun más interesantes. Quizá no todos sean hoy accesibles, si bien sus traducciones tuvieron buena prensa en la Argentina y en nuestra América hispana; no olvido las cuidadas ediciones que supo presentar Santiago Rueda años atrás, ni el suntuoso volumen de la ya extinguida Casa Peuser.

Pero no fue intención de Hudson escribir unaautobiografía cuando, en la Inglaterra de 1918, se puso a redactar Allá lejos y hace tiempo. Fue bien consciente de la composición veloz aunque algo desordenada de este libro, redactado en breve lapso y con plena lucidez después de una enfermedad. Se advierten estados de ánimo de intensa felicidad y también de melancolía durante su escritura. Quizá quepa catalogarlo en un género mixto, menos próximo al de las “memorias” que al de una recreación imaginativa de episódicas e intensas experiencias de infancia y juventud. No todo se recuerda ahí “como fue”; las percepciones son diversamente rememoradas dentro de sus respectivas circunstancias de edad y entorno; la memoria suele ser infiel; los intereses y deslumbramientos de cada etapa deforman o modifican el contexto aun  en los momentos más sagaces de la escritura.

Atrévome a añadir que el mismo vocablo “Autobiografía” es contradictorio en los propios conceptos que lo forman. Pocos o nadie pueden escribir o dictar la propia vida, aun la atinente al mero “bios”, hasta el instante preciso de la muerte; ahí se dejarían de registrar los sufrimientos, las esperanzas y obnubilaciones, el eventual terror, implícitos en ese combate que es la agonía. Todo trabajo autobiográfico debiera de ser subtitulado “Automoribundia”. 

La matriz geográfica, cultural y social 

 

Si  escribo que W.H. Hudson nació en 1841, alejo mucho  la ilusión de comprenderlo como uno de los nuestros. Por aquel tiempo, la Confederación argentina endeblemente “unida” por el pacto federal de 1831 tenía, en conjunto, unos 800.000 habitantes. La provincia de Buenos Aires estaba gobernada por el estanciero y caudillo Juan Manuel de Rosas, reelecto  en 1840, cuyo poder económico y político sobre el resto del país no era acatado, por cierto, en ciertas regiones ni por todos los estamentos.

Fracasados los iniciales proyectos de colonización, los inmigrantes iban  llegando al país por iniciativas individuales, desplazados de Europa  a raíz del  creciente  industrialismo; la mayoría de ellos se radicó en el campo. Criaron ovejas y algunas vacas lecheras en varios “partidos” bonaerenses. Los extranjeros de origen inglés eran mejor aceptados en la sociedad local, no obstante las acciones hostiles de la flota anglofrancesa en julio de 1845 así como las ya casi olvidadas de 1806/1807. De prosapia inglesa por la línea paterna e irlandesa por la materna era la familia de Hudson, que hizo bautizar a los hijos en la iglesia metodista; la madre, siempre venerada por nuestro autor, fue adherente a los quakers . Los padres vinieron desde los Estados Unidos  norteamericanos  sin saber español, como tantos otros inmigrantes, pero en el equipaje habían traído unos quinientos ejemplares de buena literatura en inglés. Hudson menciona en sus memorias algunos de los que leyó. 

“Los 25 Ombúes” se denominaba el sitio y la casa donde vivieron inicialmente, desde que llegaron  a bordo del Potomac en 1833. Guillermo o William nació el 4 de agosto de 1841; fue el cuarto hijo del matrimonio y el único de los seis hermanos que se radicó en Inglaterra en 1874, en busca de una cura para la fiebre reumática y nuevos horizontes para sus aspiraciones científico-literarias. Los 33 años que transcurrieron entre su nacimiento y su definitivo autoexilio fueron ricos en acontecimientos de importancia histórica, de los cuales participó sólo tangencialmente ya que casi toda su existencia se desenvolvió en el medio rural anterior a la introducción del alambrado y de la industria frigorífica. 

En 1846, la familia se había trasladado a trabajar en zonas próximas a Chascomús. Cuando el futuro escritor tuvo dieciséis años, regresó a su casa natal, desde donde emprendió viajes hacia el norte de la Patagonia y países limítrofes, que describe en su libroIdle Days in Patagonia.  Desde los 24 años, gracias al profesor Hermann Burmeister, científico alemán a cargo del museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires, Hudson comenzó a enviar piezas de sus colecciones al Instituto Smithsoniano de Washington, que fueron transferidas a la Zoological Society de Inglaterra. Se trataba de aves desconocidas en el hemisferio Norte. Dos de ellas llevan al nombre de su descubridor: Granioleuca hudsoni y Cnipolegus hudsoni.

En 1871, como resultado de su correspondencia con el Dr. Sclater de la Sociedad Zoológica de Londres, fue nombrado miembro correspondiente de la misma.  Esto lo decidió a radicarse en Inglaterra, es decir,“to go home”, expresión a primera vista extraña en la mente de quien no había nacido en las Islas Británicas, pero que los lectores bien podríamos tratar de interpretar. No hacemos aquí conjeturas al respecto; sólo recordamos las palabras de un poeta que en trance similar dijo: “Mi patria es la lengua y desde ella canto”. El dato de esa “patria por elección” daría pie asimismo para investigaciones en torno de la germinación cultural y educativa de la identidad nacional en niños y adolescentes, en un planeta globalizado.

Es inconducente quedar prendidos a esa imagen idealizada de W.H. Hudson, pues también nos informa que vio y protagonizó escenas de sanguinaria violencia en su entorno humano y animal, donde el maltrato y el degüello de los adversarios vencidos – cualquiera fuese el bando o la jerarquía de los vencedores – eran expresiones usuales de lo que Sarmiento había denominado “barbarie”, sin llegar a veces a evitarla en sus propios combates políticos. Con grandes dosis de hipocresía no exenta de sentimentalismo pretendemos hoy haber superado esa etapa. Arrojar contra Hudson reproches de connivencia (siquiera inconsciente) con el darwinismo social y el colonialismo ideológico que estuvieron en boga por mucho tiempo en nuestra Argentina y desde ya en Gran Bretaña, es casi pedir disculpas por leerlo. Sin embargo, tuvo una vida de niño libre y aventurero; no se vio sometido – como otros de ascendencia anglosajona – a disciplinas pedagógicas y doctrinarias de institutos de enseñanza privada; obedeció a sueños de desarrollo intelectual y progreso social cuando eligió a Inglaterra (no sin dudas ni melancolías) como su lugar de residencia. Ahí escribió una veintena de bellos libros, conoció a gente famosa, pero nunca salió de una pobreza que sería exagerado  calificar de “digna”. Tampoco obtendrá chapa de eminente psicólogo quien, solamente con datos biográficos hallables en cualquier biblioteca, denuncie la eventual inmadurez sexual y emocional de nuestro escritor.

 

Don Eusebio de la Santa Federación

 

Nunca oculta Hudson en sus relatos la impresión favorable que, con sus más y sus menos, se había formado de la  imagen política del Ilustre Restaurador de las Leyes. Admite que su propio padre admiraba al Gobernador como promesa de cierta estabilidad para el país. Lo había visto en retratos, en casas de ingleses y en la propia. Llevado ocasionalmente a Buenos Aires, no dejó de advertir usos y costumbres de la ciudad que lo impactaron y que después anotó como crónicas pintorescas. Por caso, la escena de las lavanderas en el río y la estampa de uno de los bufones de Rosas. Quien lea ciertos dramas de Shakespeare o mire célebres pinturas de Velázquez estará al tanto de los graciosos, enanos, jesters o foolish clowns que solían divertir a reyes y tiranos (sin que ello baste por sí para descalificarlos ni equipararlos). Veamos la narración de W.H. Hudson en el Chapter VII de su Far Away and Long Ago:


“Perhaps the most wonderful thing I saw during that first eventful visit to the capital was the famed Don Eusebio, the court jester or fool of the President or Dictator Rosas, the “Nero of South America,” who lived in his palace at Palermo, just outside the city. I had been sent with my sisters and little brother to spend the day at the house of an Anglo-Argentine family in another part of the town, and we were in the large courtyard playing with the children of the house when some one opened a window above us and called out, “Don Eusebio!” That conveyed nothing to me, but the little boys of the house knew what it meant; it meant that if we went quickly out to the street we might catch a glimpse of the great man in all his glory. At all events, they jumped up, flinging their toys away, and rushed to the street door, and we after them. Coming out we found quite a crowd of lookers-on, and then down the street, in his general’s dress (for it was one of the Dictator’s little jokes to make his fool a general) all scarlet, with a big scarlet three-cornered hat surmounted by an immense aigrette of scarlet plumes, came Don Eusebio. He marched along with tremendous dignity, his sword at his side, and twelve soldiers, also in scarlet, his bodyguard, walking six on each side of him with drawn swords in their hands. We gazed with joyful excitement at this splendid spectacle, and it made it all the more thrilling when one of the boys whispered in my ear that if any person in the crowd laughed or made any insulting or rude remark, he would be instantly cut to pieces by the guard. And they looked truculent enough for anything. The great Rosas himself I did not see, but it was something to have had this momentary sight of General Eusebio, his fool, on the eve of his fall after a reign of over twenty years, during which he proved himself one of the bloodiest as well as the most original-minded of the Caudillos and Dictators, and altogether, perhaps, the greatest of those who have climbed into power in this continent of republics and revolutions.”

La economía saladeril

Varias epidemias malignas había padecido la Atenas del Plata durante sus más de tres siglos de existencia. La peor de ellas, en 1871. Como puede leerse en las innumerables “crónicas de pestes” que registran los anales de la humanidad, también entonces las lenguas del rumor, del interés y del prejuicio atribuyeron la aparición del morbo a diversos “culpables” (en especial, a los negros, los pobres y los inmigrantes). Sin contradecir a la sacra vox populi, Hudson pinta como una de sus causas la emanada de una vigencia de larga data y con arraigo socioeconómico en la ciudad: el proceso de faena de ganado en los saladeros, al borde mismo de la orgullosa Buenos Aires.

¿Panteísmo místico?

Proliferan las supersticiones en nuestro mundo descreído y positivista. No he eliminado las mías. Asumo el dicterio de “oscurantista” con el que me obsequia cada tanto el iluminado parnaso intelectual progre. Cuando oigo relatos sobre experiencias extrasensorias o vivencias espirituales, practico con ellas el “intento de creer”; más cuando siento la sinceridad y el desasimiento del emisor respecto de las ventajas inmediatas que aquéllas podrían reportarle. A menudo, ellas se instalan como fuentes de sufrimiento, más que de halago. Me aplico en primer término el principio de que nadie está exento de narcisismo, vanidad e interés, y que este último es imaginativo y proteiforme. Con dicha actitud recibo sobre todo los enunciados de los artistas, por caso los de W.H. Hudson, quien no se conformó con trasladar a la palabra escrita sus minuciosas y a menudo verificables  observaciones, sin recrearlas a través del  halo admirativo de la emocionalidad estetizada.

Sin embargo, las ventanas de su sensibilidad no sólo se abrían para el dato puntual de cada objeto claramente discernible. Por momentos ya no había marco, vidrio, cortina ni ventana, sino una inmersión casi impersonal aunque muy consciente en una atmósfera previa que rodeaba y alimentaba a las otras percepciones. El propio Hudson así lo registra en varios de sus libros y se explaya sobre ello, hasta en tono autointerrogativo, en el Chapter XVII de su Far Away and Long Ago. Cabe inferir las perplejidades que esas vivencias habrán suscitado en ese hombre sensible, criado en nuestras pampas, dotado para la investigación de la naturaleza viviente pero nunca disciplinado por estudios formales, casi desinteresado de la praxis religiosa y adherido con ciertas reservas al evolucionismo darwiniano, consciente de las potencialidades artísticas desarrolladas en su escritura, nunca identificado plenamente con la cultura de gauchos, peones rústicos y criollos de toda laya entre quienes creció, buscador impenitente de una patria a la que supiese pertenecer y que terminó siendo la de su lengua materna. No me alcanza una vida  para admirar esa multifacética existencia, y sé que en este artículo dejo de lado muchos de sus peculiares rasgos, aun los negativos que le enrostran.

 

Bibliografía consultada:

  • Chiaramonte, José Carlos (1971): Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina.- Ed. Solar/Hachette, Buenos Aires.-
  • Hudson, Guillermo Enrique (1980): La tierra purpúrea – Allá  lejos y hace tiempo.- Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela   (con prólogo de Jean Franco y traducción atribuida a Idea Vilariño).
  • Hudson, William Henry (2004): Far Away and Long Ago.- Project Gutenberg (en Internet).-
  • Mariani, María Rosa ( s/f ): Te lo cuento como un cuento.-   Selección, Redacción y Compilación de obras de G.E. Hudson.- Buenos Aires Books.- (en Internet).
  • Martínez Estrada, Ezequiel (1951): El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson.- México, Fondo de Cultura Económica.-
  • Estoy obligado en gratitud a los editores del sitio BOWzine, Edgardo Berg y Estefanía Ferreira, por autorizarme a obtener extractos de un artículo más amplio allí publicado en agosto de 2012 : http://bowzine.weebly.com/2/post/2012/08/hudson-un-anglohablante-en-las-pampas.htmlCarlos Haller
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One Comment
  1. Muy buena diagramación y muy buen artículo!!!

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