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Federico Ferroggiaro – Reunión de camaradas

febrero 11, 2013

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Reunión de camaradas

Federico G. Ferroggiaro

Federico Ferroggiaro es periodista y Profesor Universitario en Letras (U.N.R.). Actualmente se desempeña como Director de Prensa de la Universidad Tecnológica Nacional–Facultad Regional Rosario en su ciudad de residencia. En el ámbito docente, es ayudante en la cátedra de “Literatura Italiana” de la U.N.R. y docente en escuelas secundarias. Como escritor participó de varias antologías locales y nacionales y ha recibido premios y menciones en diversos certámenes literarios, entre los que se destaca, en el año 2004, el Primer Premio en la categoría Cuento de la Asociación Santafesinade Escritores (ASDE) y en el año 2008, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (Editorial Municipal de Rosario) en la categoría ficción. Como resultado de esta distinción, fue publicado su libro de cuentos El pintor de delirios (EMR, 2009). En el año 2011 publicó el libro de relatos Cuentos que soñaron tapas (El ombú bonsai, 2011). En 2012, su cuento El mensajero fue incluido en la antología Rosario: ficciones para una nueva narrativa de la Editorial Baltasara. Este kalais, álbum antológico de buenas creaciones literarias no pertenecientes al bloguero,  agradece el permiso del  autor para publicar el presente relato así como su aquiescencia a postearlo en cercanía ideal y material con otro de E. Balestena titulado La reunión de ex alumnos, que no tardará en aparecer.- C.H.

 

Cuando llegó estábamos distendidos y Lucas se dedicaba a reponer anécdotas de una juventud que no creíamos tan remota. No alcanzábamos a reírnos, todavía, pero los rostros lucían relajados y de las frentes empezaban a desaparecer las arrugas hondas que compagina el sufrimiento o la congoja. Supuse que venía de la calle porque tenía el saco puesto y se frotaba las manos con entusiasmo, como para anular con la fricción al frío. Pareció alegrarse de vernos a todos juntos y besó a Silvia en las dos mejillas, a Lita y a la prima Marta. En un rincón, la estufa salpicaba unas llamas indecisas, tímidas, porque el calor humano asumía la responsabilidad mayor: la de contagiar en los presentes esa tibia confianza de sentirnos acompañados. Laura irrumpió con la bandeja colmada de pocillos que soltaban un humito lábil, suave y con un aroma encantador. Enzo y Ramiro se apresuraron a cortarle el paso con la unánime intención de ayudarla, de hacerle más sencilla la tarea. Ella los detuvo con una sonrisa armónica, como la de una santa que arde en una hoguera convencida de que el padecer puede darle un sentido a su vida. O a su muerte, que es casi lo mismo: una es antes y la otra luego, pero en un punto se cruzan y es así: casi un chasquido. Lo curioso era que a ninguno parecía importarle su presencia: como si, de alguna manera, supieran que iba a llegar, con el saco marrón con parches en los codos y los pantalones de lona arrugados como el ceño de un octogenario. Por eso, quizás, permanecía solitario cerca de la estufa, mirando como si no le interesara quedar al margen, abandonado, y no se le preguntara por el frío, la noche y los rumores que hacen eco en las calles. Noté que se movía con pereza pero sin perder cierto aire de gravedad, la solícita seriedad que impostan los recién llegados. Imaginé que esperaría hasta atrapar la cola de una conversación, el nudo de una anécdota y, recién entonces, sacaría de la manga una de sus ocurrencias y las risas sorprendidas harían la música del “aquí estás, bienvenido Larry”.

Sin embargo, de pronto, sentí que estábamos en silencio, que hasta Lucas se había callado y movía el pie siguiendo un ritmo interno, propio, imaginario. Marta carraspeó y, al girar el cuello para verla, deseé con fuerzas que soltara un comentario o uno de sus “es así, Dios mío”, que debían ser parte de los monólogos eternos que mantenía con su alma. Y no; carraspeaba porque sí, porque se habría ahogado con el café o con una miga de la torta de coco. Enzo y Ramiro se habían alejado y podía creerse que caminaban en círculos, como aguardando un timbre, una información o una orden. “¿Por qué será que hoy hay torta de coco, por qué?”, pregunté al aire para provocar una respuesta, para tentar la conversación que no surgía, que tal vez se demorara porque alguien tenía que descubrir algo.   

“¿Acá sirven siempre tarta de coco?” Al morder, en cambio, las pelusitas blancas sabían a arena, a una pasta escurridiza que daba sed o angustia. Masticando, percibí que Larry había sido el único que faltaba porque si bien no estábamos todos los camaradas, ni Joe que nos esperaba en el festival, ni la rubia Tiny, ni los mellizos Pérez y sus esposas redondas y chillonas como platillos, la reunión destacaba un halo de completud que volvía excesiva cualquier otra presencia. Yo había entrado unos minutos antes que Larry y no entendía por qué se habían trastocado los ánimos, los espíritus; si hasta Lucas que nos hacía recordar los noviazgos, los bailes del club y los partidos de fútbol, ahora deambulaba con el rostro ausente, abstraído. Sucede en ocasiones, ningún encuentro es igual a otro y nadie puede conservar intacto el humor, la euforia: a todos nos pasan cosas. Pero me habían recibido bien, con sincera cordialidad, quizás hasta con una leve alegría de verme entrar sereno y despreocupado. Ni Silvia ni Lita se habían quedado conversando conmigo porque Lucas llevaba la voz cantante y tampoco yo pretendía interrumpirlos, me sumé, simplemente, como hace cualquiera que llega tarde a un sitio donde no ha sido invitado. Pero en cambio, con Larry, se había colado un chiflete de reproche, de mala onda como dicen ahora los jóvenes y, de pronto, las voces se habían vuelto murmullos y soplidos. Supuse que él era el problema. “Qué carajo, si somos todos camaradas”, me dije incómodo, defraudado. Pero si Larry me había pasado a buscar en su coche, el saco marrón con parches en los codos y un pañuelo de estanciero alrededor del cuello. Sí, venía un poco ebrio, de acuerdo: Larry no se separaba de la bebida desde que había pasado lo de Laura y creo que nadie tenía huevos para reprochárselo o intentar enmendarlo. Un ligero escozor me estremeció las manos. Hice a tiempo de dejar el platito con la torta sobre la mesa antes de que la emoción o el desconcierto me obnubilaran. Lo de Laura, carajo, eso sí había sido terrible. Y ella estaba ahí, también ajena a su marido, turbada o nerviosa porque a nadie le faltara café y una porción de torta. Busqué los ojos de Larry, entre los cuerpos que se desplazaban, que iban y oscilaban tratando de acomodarse, de encontrar un hueco donde permanecer sin molestar a los otros. Él no me miraba y, en verdad, no miraba a nadie, con la vergüenza o el dolor de quien ha cometido una falta feroz, irreparable. Lo recordé como hacía unos instantes: las manos rígidas en el volante y la vista yendo de la Costanera a mi rostro mientras corrían las luces y él aceleraba. Íbamos al festival, como en los viejos tiempos, a ver películas y recordar fragmentos amarillos del pasado. Él estaba encendido, ofuscado. Gesticulaba con violencia y protestaba porque las cosas estaban mal, la vida era un pozo sin fondo y él ya no aguantaba. Yo había intentado sosegarlo, largaba palabras temblorosas que imploraban fe, resignación, esperanza. No había caso: Larry se sentía hundido, la extrañaba.

Sentí la urgencia de tomar aire. Ese fuego, las compañías imposibles, el silencio enhebrado de murmullos masticados, como tejido de secretos de otros, para otros, me asfixiaba. Debía hablar con Larry para que me explicara; tomar aire, sí, respirar. Pero Laura me había salido al cruce, me observaba con un no sé qué de tristeza que no tenía palabras. Debajo de su vestido con flores, descubrí sin querer que faltaba su seno. Y eso que ella era cuidadosa, muy coqueta, y yo sabía por Larry que se había comprado una prótesis y había llorado un mes entero por sentirse incompleta, porque esa bola de gel polímero no le devolvía la verdad de lo perdido. Había algo más, sentía, otro defasaje, otro error imperioso además del pecho ausente que ella siempre disimulaba. Ya está, era esto: que yo había visitado a Laura en el sanatorio, que yo la había visto esfumarse, que yo había acompañado a su marido por un sendero de cipreses altos y agitados. “No te asustes Mario, es una reunión de camaradas”, susurró ella tratando de atraparme, de detenerme mientras yo avanzaba hacia la puerta entendiendo que Lucas, Silvia, Lita y también los otros ya no estaban, se habían ido, uno por uno; el primero de ellos hacía más de quince años. Tiré del picaporte, primero con naturalidad pero, al fallar, al no conseguir abrir, con tensión, con nerviosismo, con locura. Intuí que, a mis espaldas, ellos me estaban observando: Enzo, Ramiro y el resto de la banda; y tal vez, esperaban que alguno se atreviera a golpearme con la verdad, ese puñal oxidado. No sé qué fuerza me empujó a agacharme, a mirar por el ojo de la cerradura y comprobar que sí, que no estaba de más ahí, con los ausentes, con los que ya se habían marchado. Pude ver mi cuerpo, boca abajo sobre la arena, despatarrado e inmóvil en el borde de la playa. El guadarail destrozado y el auto en el que viajábamos con los neumáticos hacia arriba, apuntando a una noche sin estrellas y lejana. Pensé en Larry y, al volverme, me encontré con sus ojos llorosos, borrachos, húmedos de culpa; su saco marrón con parches en los codos y los pantalones de lona manchados de sangre. Me dolió lo que perdía, lo que estaba dejando allá, tan mío pero irrecuperable. Su mano, la que no pudo controlar el volante al tomar la curva, sujetaba mi hombro, amistosamente, comprensiva. Me miraba esperando mi perdón, o que lo entendiera, que no me enojara. Que estábamos juntos ahí, entre amigos, con café, torta de coco, Lucas siempre tan locuaz, las chicas: Silvia, Marta y su esposa, Laura; y, vamos, siempre, aunque estemos muertos, se está a gusto en una reunión de camaradas.  

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